Símbolos

La CN Tower, la Canada´s National Tower, es una torre semejante al madrileño “pirulí”, un símbolo de la ciudad de Toronto, un icono del país, Canadá, el gran desconocido norteamericano imbuido entre las fauces alienantes de los states. La torre se abrió al público en 1976, e igual que Torrespaña sirve de torre de telecomunicaciones para diseminar las radiofrecuencias por todo el basto territorio septentrional del continente americano. Para ello un helicóptero grúa Sikorsky S64, llamado Olga, colocó las últimas piezas de la antena principal, alcanzando los 533.33 metros. Se convirtió en el edificio (no sujeto por cables)  más alto del mundo y ostentó ese récord durante más de 34 años.

A diferencia del estilete español, el acceso a la CN Tower es público y atrae turistas de todo el mundo para subir a su mirador, dónde también hay un restaurante giratorio. Es una visita obligatoria, incluso para los que tiene vértigo como yo… La torre está situada en la orilla noroeste del lago Ontario, cerca del puerto y en las inmediaciones del Rogers centre, el estadio donde juegan los Toronto blue jays, el equipo de baseball de la ciudad. En el momento en que pasé por allí se podía acceder al estadio y es una buena idea entrar para ver las dimensiones del coliseo que luego se harán pequeñas desde lo alto. En la base de la torre existe un control de seguridad peculiar, debes entrar en una cápsula cilíndrica parecida al arco de los aeropuertos que se cierra y proyecta chorros de aire comprimido sobre tu cuerpo… Es como un cacheo de aire comprimido, un poco raros sí que son estos canadienses.

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Posteriormente accedes al ascensor ultrarápido que sube a una velocidad de 22 km/h y tarda 60 segundos en escalar hasta el piso de observación principal, a 352 metros. El ascensor está situado en el exterior de la estructura de hormigón y es acristalado, por lo que ves en todo momento como los inmensos rascacielos del downtown se van haciendo pequeños a una velocidad vertiginosa, esto hace que te preguntes qué demonios haces allí. En la primera cúpula puedes observar, en una pasarela exterior, la vista de 360 grados, desde el lago Ontario, como si un amplio mar se tratase, a la enorme ciudad de Toronto, con sus rascacielos convertidos en pequeñas piezas de un tetris urbanístico, las grandes arterias de asfalto con todoterrenos que parecen pegotes de colesterol. En un cuadrante del mirador hay un suelo de vidrio, al cuál me costó horrores pisar, pues te enfrentas al vacío y desde el que se veía el citado estadio de baseball pequeñito, con jugadores habitantes de Liliput.

suelo de cristal

A través de otro ascensor interno se puede acceder al skypod, otro mirador más diminuto, a 447 m de altura, en su entrada destaca una inscripción orgullosa, el mirador más alto del mundo.

La escena musical canadiense ha aportado los últimos años una gran variedad de artistas de primer nivel, si exceptuamos a Justin Bieber y Avril Lavigne claro, principalmente se ha desarrollado en la zona francófona, con Montreal como referente, pues es una ciudad mucho más efervescente culturalmente hablando. De Canadá han salido sellos como Constellation y grupos como Godspeed you black emperor y sus ramificaciones, Broken social scene, The new pornographers, Destroyer, Do make say think, Hot hot heat, The hidden cameras, Wolf parade, Japandroids, Sunset rubdown, Junior boys, Rufus Wainwright y familia, Cowboys junkies, Ron Sexmith y un largo etc… Incluyendo a Barenaked ladies, los creadores de la sintonía de la serie de la que no entendéis muchos chistes, The big bang theory…

Y por supuesto Arcade Fire, el grupo con mayor proyección internacional, abanderados de un rock épico, grandilocuente, vitamínico y polirítmico. Su primer disco “Funeral” (Merge 2004), obviaré el EP (us kids know) aunque incluye joyitas como No cars go. “Funeral”, decía, es su mejor disco, su nombre no es premonitorio de lo que te vas a encontrar, es fresco, rico en matices, cambios de ritmo que mejoran la estructura de las canciones agregando sprints finales, te parece estar escuchando varias canciones en una. Como en “Crown of  love” que empieza fúnebre y acaba con final bailable. “Wake up” con coro de niños épico y riff de guitarra ascético; la usaron U2 para abrir algunos conciertos, y hasta Bowie quiso unirse a ellos para interpretarla, antes de su retiro de los escenarios. Al ser una banda numerosa abundan los instrumentos adecuando cada canción al más oportuno en cuanto a sonoridad. Se escuchan acordeones, pianos, vientos, metales y arreglos de cuerda a cargo de Owen Pallet conocido como Final Fantasy, hasta que los japos le negaron el nombre. Es un disco completo y perfecto, no tiene relleno y todas las canciones son excepcionales, está bien secuenciado y las canciones más lentas están bien integradas en su conjunto.

Desde su publicación en 2004 el disco ha tenido un impacto inmediato, una aceptación general y, rápidamente, fueron contratados para una gira mundial que les llevaría a festivales como  Primavera Sound y a Paredes de Coura en el 2005. En ambas ocasiones estuve presente y su directo no decepciona, es épico, vívido y contagioso, son muchos en el escenario, alternan continuamente de formación y de instrumentos por lo que se les nota entregados y encantados de llegar a tanto público. Son una fiesta.

El segundo disco, el difícil segundo disco,  es mucho menos inmediato y más oscuro, grabado en una iglesia, abundan los órganos con sonidos más densos, y parece que se han encerrado en sí mismos para evitar la influencia de los grandes medios, la presión de tener que superar o igualar lo anterior. “Neon bible” (Merge 2007) también demuestra que Arcade fire no sólo se centran en la música, su artwork y sus videos interactivos favorecen la interconexión multimedia, la identificación entre artista y espectador, lo que consigue una relación más profunda que el simple hecho de comprar un producto.

El disco se cierra con su mejor canción, “My body is a cage” una canción  existencial, yo la interpreto como el llanto del que está encerrado en una prisión con los barrotes de oro, con todos los posibles a tu alcance, excepto el de escapar. Una metáfora sobre la industria discográfica, que aporta fama, dinero y materialismo pero que, a cambio, exige que entregues tu creatividad, que fuerzes la inspiración, que profanes tu arte. La coda final de la canción clama “set my spirit free”.

El tercer disco de Arcade fire se llama “The suburbs” (Merge 2010) y ganó el premio Grammy al mejor álbum del año. Si alguien considera que ese premio significa algo, probablemente tenga más axones y dendritas en la pelusilla del ombligo que en la cabeza. Es un disco largo, tiene 18 canciones, y vuelve a ser abierto y luminoso, también más simple y accesible. Con cimas como “Ready to start”, escuchar esta canción por la mañana asegura más energía que una raya de farlopa caducada o “Sprawll II” una suerte de “Haiti” tecno pop. Pero también abundan canciones que no llegan al nivel de discos antecesores.

La CN Tower y Arcade fire son dos símbolos de Canadá, un país solapado por la sombra de sus vecinos del sur que todo lo dominan y que infravaloran a priori lo que les es ajeno hasta que lo descubren y lo premian.

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